Cuando Darrigade amargó a Coppi

En año 56 Fausto Coppi era una sombra, resplandeciente, pero una sombra de lo que había sido sólo unos años antes. Sin pertenecer ya a Bianchi, el campeón de Castellania quería ganar por ultima vez el Giro de Lombardía, el monumento de su tierra, la carrera que tenía por quintuplicado en su palmarés y contribuía a engrandecer su leyenda.

Con los colores de la competencia, con Carpano, Coppi sabe que los dos pupilos de su antiguo director, Pinella De Grandi, cumplen los requisitos para aguarle la fiesta. Son Jacques Anquetil y André Darrigade.

El primero el siguiente grande en la línea generacional, el otro el sprinter del momento, un corredor que vivió con amargura la jornada en la que el equipo francés no le asistió cuando el Tour iba hacia Toulouse. Fue ese Tour que se ganó “a lo Walko”, es decir confiando toda tu suerte a una fuga.

Lombardía, el 21 de octubre de 1956, era una tierra entregada a Fausto. En la ermita de los ciclistas, en el Madonna di Ghisallo, ataca Ronchini y se lleva a Coppi a rueda, que al poco rato ya va solo en cabeza porque Ronchini no releva. Obedece órdenes. .

Algarabía, “un uomo solo al comando” se chilla por las cunetas, Coppi vuela hacia el Vigorelli, el mítico velódromo milanés que ponía colofón a la clásica de las hojas muertas. El ataque de Coppi fue su trampa, su perdición. Por detrás los franceses toman la caza del ídolo local y es Darrigade en persona quien lleva el peso.

Ciclismo de pulso, a pelo, sin cortapisas, de hombres contra hombres, sobre viejas máquinas, cafeteras a nuestros ojos, que ponían el físico y el talento por delante de todo. Así los cortes y los tirones, llevan una pléyade de estrellas hasta la rueda de Coppi.

A su estela afilan los cuchillos Van Looy, de Bruyne, Bouvet, Bobet, Magni y ese español que hacía cosas atípicas, Miquel Poblet. Juntos vuelan hacia la elipse de Milán. En el Vigorelli, Van Looy no espera, le sigue Magni. Pero CoppI no ha dicho su última palabra. El ídolo saca la baraja y reparte juego, se pone al frente, parece que Coppi va a ganar. Ha superado a Rik, al que todos llaman emperador.

Pero la decepción cae sobre las marquesinas de Vigorelli, una decepción generalizada, Darrigade, el velocista de los récords en el Tour, que emerge de la nada y supera a todos, gana Lombardía, la carrera que quería Coppi para endulzar su lento, largo e insufrible declive. Darrigade no sabía de sentimentalismos, a los pocos días le volvería a ganar, sería en el Baracchi, en una crono por parejas, otra vez en el Vigorelli.

Coppi había encontrado la horma de su zapato.

Imagen tomada de Giro for Ghisallo

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